Vida práctica

Del amor al drama al placer de la crítica

Puedo observar que a todos nos atrae el drama en mayor o menor medida. No es que quiera drama en mi vida ni lo invoque en mis conversaciones con disfrute, pero sí reconozco que la observación del drama sigue apareciendo en mis reflexiones. El sufrimiento forma parte de la vida humana por mucho que se quiera evitar. En toda historia vital va a haber dosis considerables de sufrimiento, es obligatorio. Y es que, tal vez, vencer esos conflictos que la vida nos plantea sea el reto de nuestra existencia, el motivo último de nuestro paso por la Tierra. 

Bosque en el entorno del Embalse de Salime, Principado de Asturias, tras un incendio.

Personalmente, prefiero restringir mi interés por el drama a entornos artísticos, como el cinematográfico y literario. Pienso que una película o una novela sin drama, sin sufrimiento latente, sin conflicto que resolver, carece de interés. Eso sí, sin exagerar. El exceso de drama a mí se me antoja inverosímil, por lo que personalmente me hace distanciarme del relato y perder interés en las conclusiones. 

El drama, en una justa medida, nos recuerda esa asignatura pendiente de superación que todos tenemos. Para muchos, ver el drama que nos rodea es razón para sentirse mejor con el drama propio, como dice el famoso dicho: “Mal de muchos, consuelo de tontos”.

Cuando la adversidad sobrevuela a alguien cercano, parece que los más allegados tienen prisa por comentarlo, disfrazando el placer de ser un testigo ajeno y feliz con un aire de análisis, y compartiendo impresiones pudiéramos conocer mejor el mundo en el que vivimos, tomar mejores medidas y evitar el dolor.

Kyle of Durness, norte de Escocia

Un paso más en la exultación del drama es el placer de la crítica. Al detectar el defecto ajeno y señalárselo a otros, mis propios defectos se eclipsan. Al expresar que tragedia se ciñe sobre otros, niego la posibilidad de una vida perfecta, ni para los demás, ni para mí.

Quiero entender que aficionados al drama y a la crítica enfrentan un terrible drama en sus propias vidas, y por ello necesitan dosis altas de fatalidad en sus conversaciones y en las obras que consumen. Si admitir la existencia del drama exterior funciona como analgésico contra el drama cotidiano y éste es tan elevado, sí parece ser la única forma de que la droga surta efecto.

Sin embargo, creo que el dramatismo utilizado como droga tiene sus riesgos. Tal vez un adicto al drama, que disfruta leyendo y viendo programas sobre desgracias, y que expresa críticas y comentarios dramáticos por doquier, aun sin tener conflicto o causa de sufrimiento en su vida, acabe atrayendo circunstancias desfavorables que le coloquen a la altura de sus tan entrenados niveles de tolerancia.

Playa de Benijo, Tenerife.

De la misma manera, quien atraviese una mala racha, si en sus ratos de ocio y conversaciones evita regodearse en los temas trágicos propios y ajenos, tal vez se quite de esa fatalidad, y poco a poco, por negación, acabe sacando el exceso de sufrimiento de su vida.

Mi vida dista de ser perfecta y hay quien pueda calificarme de fracasada a muchos niveles. Asumo que mis defectos personales y las características de mis circunstancias que otros juzguen fatales puedan funcionar como bálsamo en lenguas ajenas. Solo me preocupa, sobre todo si se trata de gente cercana, que cuánto más aludan a mis desventajas, más clara será la señal se sus propios malestares latentes.

No debe importarnos ser objeto de críticas o compasión, porque además de ser un acto natural, reflejo del sufrimiento humano general y de la necesidad de análisis de nuestras cabecitas racionales, también es muestra del propio sufrimiento que alberga quien promueve este tipo de comentarios con regocijo, de modo que, bien mirado, recibir críticas nos da una información útil para poder ayudar a los demás a superar su propio drama siendo modelo de superación de eso que nos achacan.

Me ofrezco como blanco contra el que otros puedan arrojar, en forma de críticas a mi persona, los dardos de su propio malestar. De todas formas, mi mayor motivación es la de ofrecer mi experiencia como referencia, y mostrar cómo alguien con tantos defectos se atreve con tantos retos. Si es posible para mí superar alguno de ellos, más aún lo será para todos aquellos que ven tan obvias mis desventajas.

Al final resulta que todo funciona por comparación, no podemos extraer nuestra experiencia del contexto en que vivimos y los demás seres que nos rodean. Siendo así, prefiero establecer otro criterio de comparativa: fijarme en esas personas que hacen gala de buenas maneras y aprender de su forma de superar la adversidad. Disfruto y promuevo lo admirable de quienes me rodean. Aplaudo sus logros. Si damos la vuelta a la situación, ése puede ser nuestro mayor consuelo, ya que el éxito ajeno es prueba de que yo también puedo triunfar.

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