Emprendimiento

Si quieres ser artista, basta con crear, y mucho

¿Qué vale más, ser artista por dedicación personal o serlo por aclamación popular? Lo que está claro es que no se puede ser artista de ningún tipo sin tener un catálogo de obras originales, y si alguien tiene un amplio catálogo, es difícil negar que se trate de un artista creador, independientemente de si su trabajo es del gusto general o no.

Cada mañana se da cita en los andenes de metro el mismo desfile de autómatas, catálogo variopinto de caras largas y soñolientas. A pesar de la alta condensación de personas por metro cuadrado, reina un silencio sepulcral. No hay turistas ni grupos chillones, tampoco artistas o mendigos; nada más que los primeros trabajadores, madrugadores y solitarios.

Para evitarme los empujones, a partir de un momento dado decidí empezar mi jornada laboral una hora antes, y con ello adelanté a las 7 de la mañana mi acceso a las entrañas del metro. A esas horas gozaba de espacio para poder sacar mi libro y leer.

De pronto, una mañana, durante el transbordo de Gran Vía, descubrí a un acordeonista sentado en el suelo de los túneles para pasajeros. El sonido de su instrumento fluía por el pasillo hasta el andén ambientando nuestra espera. Por su aspecto deduje que provendría de algún país del Este.

Tengo la superstición, manía o regocijo, de dar una propina a todos los músicos que tocan el acordeón. Es mi instrumento preferido y les estoy muy agradecida por sus melodías ofrecidas al vuelo… Éste, sin embargo, era infame. Tal vez por ello había elegido ir tan temprano, de esta forma no tendría competencia – pues ésta es una estación que siempre tiene sus artistas habituales – y además podría practicar sin riesgo de ser abucheado, ya que el público es pasivo y está adormilado.

Me parecía evidente que estaba aprendiendo a tocar el acordeón, pero me sorprendía que no trataba de sacar piezas conocidas. Siempre tocaba la misma, una composición extraña, propia de una película de terror, con acordes disonantes, escalas inquietantes, rupturas rítmicas, y repeticiones de ensayo. Se podía decir que escucharlo era una auténtica tortura, sumada al desagrado de ir a trabajar y al fantasmal ambiente de esas horas. Sumía los túneles del metro es una atmósfera espeluznante. La irritación de sentir que ese loco me estaba usando como conejillo de indias casi me condujo en varias ocasiones a ir a preguntarle cuál era su propósito. Sabiéndome una persona pacífica, me contuve, aún con cierta esperanza de que otra persona ya lo hubiera hecho. No creo que fuera el caso, porque durante un año, cada mañana sin falta, el acordeonista estaba ahí ejecutando su composición. Y sorprendentemente, pasado un año su torpeza era la misma. Ni la pieza varió ni la interpretación mejoró.

Esto me hacía dudar de que fuera un novato, y acabé por plantearme que la obra fuese así expresamente. Si era un aprendiz y el intento le estaba resultando tan duro, sin duda hubiese intentado tocar otras piezas. Me dije que solo un autor podía estar tan empeñado en tocar siempre su obra, ¿pero podía ser que todo el trabajo de este compositor lo formase una única pieza? ¿Una pieza espeluznante? La figura de este músico estaba rodeada de misterio.

Lo curioso es que, a fuerza de escuchar cada mañana esa sintonía, me acabé acostumbrando. Es lo que debe de pasar con la música comercial, que aunque es una basura, como la meten en todas partes la gente se acostumbra y por eso la tolera, incluso se acaba enganchando. No es que la música del “acordeonista tétrico” – como empecé a llamarle para mis adentros – me gustara, era su efecto el que me empezó a interesar. La asociaba a un momento del día, los viajes de madrugada a la oficina, que siempre hago contenta porque soy la primera en llegar y por eso voy tranquila, inmersa en alguna lectura.

Un día, de pronto, me sorprendió que el acordeonista no estuviera. Desde hacía un año no había faltado ni una jornada a su puesto de trabajo – si es que se le puede llamar así, ya que nunca creí que fuera capaz de recolectar ni un céntimo, y ése era otro misterio para mí, su asiduidad y dedicación nada rentables – .

Me preocupó, porque me di cuenta de hasta qué punto lo apreciaba ahora que me había habituado.  El valor de su insistente práctica me parecía alentador. Su obra ya era para mí un clásico. Era igual de extraña que el primer día, pero ahora me parecía que fuera perfecta así. Me convencí de que estaba diseñada para ambientar ese momento siniestro e inquietante. Y que el ejecutante tuviera tal disciplina para repetirla invariablemente daba a la escena un valor añadido.

Me había enseñado una lección: la calidad de la obra puede parecer mediocre, o por lo menos difícil de calificar por exótica, pero la cantidad de trabajo que se le aplica la enriquece. Es como un artista que hace un cuadro. Por muy bueno que sea no vale nada. Otro que haga 1000, por malos que sean, ya forman parte de una serie, de una dedicación especial, y seguramente se valoren más.

Después de un par de semanas sin aparecer, quise apuntarme estas reflexiones para no olvidar lo que el acordeonista me había enseñado con su ejemplo. Y para mi deleite, ¡al día siguiente ahí estaba otra vez tocando! Había sido la única excepción en mi vida en que no había dado dinero a un acordeonista callejero, a él que se lo merecía más que cualquier otro. Fui después de un año a echarle una moneda y aproveché para grabar su tonada. La funda de acordeón que tenía para las propinas estaba absolutamente vacía. Al día siguiente volví a grabarle desde lejos para mostrar que su pieza era la misma. Cabe señalar que si le hubiera grabado el primer día que se instaló, un año antes, hubiera sonado exactamente igual.

Cosa rarísima, después nunca más volvió. Fue como si me hubiera dado esa lección expresamente. Insistió un año para demostrar la valía de su creación, y el día que la entendí, que le di una moneda y le grabé, desapareció.

La determinación de este afortunado acordeonista me recuerda a McGonagall, el peor poeta de la historia, que no se veía afectado por las críticas, y seguía con devoción desarrollando su vocación literaria. Fue prolífico y difundía pública y gratuitamente su trabajo. A la gente le gustaba porque les hacía gracia, porque trabajaba duro y porque ya le conocían.

Extracto de Wikipedia:“William Topaz McGonagall (marzo de 1825 – 29 de septiembre de 1902) ganó notoriedad siendo un poeta muy malo quien no recibió reconocimiento o preocupación por las opiniones de sus compañeros de trabajo. Escribió alrededor de 200 poemas, son ampliamente considerados como algunos de los peores en la historia británica. Grupos de toda Escocia lo contrataron para hacer recitales de sus obras; las descripciones contemporáneas de estas performances indican que muchos de estos oyentes apreciaban la habilidad de McGonagall como un personaje cómico (…). Las colecciones de sus versos continúan siendo populares, con varios volúmenes disponibles en la actualidad.”

4 comentarios sobre “Si quieres ser artista, basta con crear, y mucho

  1. Es curioso como una música tan desconcertante puede inducir a una reflexión tan acertada. Digo desconcertante y no mala porque soy consciente que en arte no hay bueno ni malo, sino que te llegue o no; algo que a mi no me guste a otro persona le puede encantar. Parece ser que, aunque no te dieras cuenta, esta música te llegó.

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  2. Con tu permiso, voy a hacer referencia otras reflexiones de tu blog… Concretamente a las que hablas de la vanidad, el deseo de trascendencia que puede parecer el hecho de escribir un blog, y creo que esa es la diferencia, entre el arte y la mera producción en serie. El artista tiene una deliberada intención de trascendencia, de que su obra le supere en el tiempo ¿son vanidosos los artistas? No he conocido a ninguno que no lo fuera, y no lo digo como algo necesariamente negativo. El resultado, si tienes semejantes expectativas, en mi opinión, puede llevarte a ser un artista o un pretencioso… La diferencia sería el talento (predisposición + esfuerzo). De todas formas, hoy está muy de moda decir que la definición de la estupidez, es hacer varias veces lo mismo y esperar un resultado diferente… Y la repetición pura y dura es la base para aprender a tocar un instrumento musical!
    Sigue así, enhorabuena por tu blog!

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    1. ¡Qué interesante asociación! Estoy totalmente de acuerdo. Vanidad y ambición son conceptos que aprendemos como negativos, pero sin la dosis justa, tal vez estemos renunciando a desarrollar el máximo de nuestro potencial, de nuestro talento personal. Y tienes razón, cualquier habilidad requiere de entrenamiento y repetición. Muchas gracias por tu aportación, Taliesin!!!

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