Vida práctica

La trampa de la justicia divina

Se suele decir que todas las cosas acaban por ponerse en su sitio. Según tal principio, no importa lo extrema que pueda parecer una injusticia, al final llega la designación de un culpable, su castigo kármico o el natural arrepentimiento. Lo mismo que no importa lo desapercibida que pase una buena obra, ya sea por discreción o simple incomprensión, al final le llegará el reconocimiento. Yo hoy digo lo contrario.

Esta especie de ley divina parece invitar a la pasividad: da igual si una situación es mala, no hace falta luchar por superarla ya que la solución vendrá por sí sola. Si me basta con tener fe en mi valía o integridad, estoy subestimando el miedo que me da emprender acciones que inicien una lucha, con todas las dosis de esfuerzo y críticas que ello supone, y apartando a un lado la indignación que debería moverme a emprender las acciones que favorezcan el desenlace que creo justo, ya que, en gran medida, prefiero delegar ese trabajo a la justicia divina.

Reconozco que por mucho tiempo y en numerosos ámbitos me he amparado en esa cómoda y protectora excusa del “todo llegará”, con total convencimiento de que yo me lo merezco. No me gusta generalizar, ni pretendo dictar leyes universales, ni las conozco por posesión de un título especializado, pero creo que no me equivoco al decir que esta actitud de delegar la lucha individual en fuerzas mayores es de lo más común.

Un caso típico es por ejemplo cuando alguien te ha atacado y no te has defendido, confiando en que la audiencia hiciera uso de su propio juicio para discernir la verdad de la mentira. No contamos con que todos somos muy influenciables, y además tendemos a creer al que nos cuenta su versión por un simple tema de empatía. El acusado que se queda en un rincón y espera que milagrosamente surja un veredicto que le sea favorable es un inocente absoluto, pero no en el sentido que él quisiera para su caso, si no en el sentido de que está pecando de simpleza y ingenuidad.

Datong, China

Confieso que también en el ámbito profesional suelo invocar a fuerzas mayores. Quiero encontrar un trabajo digno, no quiero malvenderme ni perjudicar a otros profesionales. No miento en el currículum ni en las entrevistas. No critico a mis compañeros ni pongo en evidencia sus faltas mientras me rompo los cuernos trabajando calladita en mi rincón. Al cabo de 20 años me doy cuenta de que siempre he recogido las migajas; que nunca se me ha ofrecido ningún desafío ni confiado realmente en mis posibilidades; que no soy más que un ser anodino; que por no mentir, no criticar, no defenderme, no trepar y no aspirar a grandes gestas he denotado falta de ambición y de agallas, lo cual sirve además para que se aprovechen de mi antes de darme la patada, porque tienen la certeza de que ni siquiera voy a exigir lo que se me debe por acuerdo.

Otro ámbito donde uno espera desesperadamente que opere la justicia divina es en el ámbito de las relaciones, y en concreto las sentimentales. Cualquiera tiene malas experiencias – no conozco a nadie que siempre haya tenido una suerte espectacular sin el más mínimo contratiempo en su vida amorosa – Y a veces uno lo intenta con una persona, aunque eso no funcione. Hay quien se cree que puede aguantar hasta que la cosa se derrumbe. Otros se conforman dando oportunidades a posibles que no llegan a nada. Qué tentador es, tras múltiples fracasos, cruzarme de brazos, librarme a la suerte y a la justicia divina, que me observa desde arriba y sabe que con lo que he pasado yo ya me lo merezco, y si existe esa persona idónea, que sea ella la que me encuentre. ¡Inocente! Efectivamente nadie se lo merece más que tú. Ni menos tampoco. No es cuestión de que alguien o algo externo decida que me lo merezco y me lo dé, sino de que yo misma me lo creo (tengo esa creencia de merecerlo) y me lo creo (hago por encontrarlo).

Templo del Buda de Jade Shanghái

En definitiva, ejemplos en los que invocamos a la justicia divina y nos sentamos a ver que pasa puede haber miles: competiciones deportivas, asentamiento geográfico, relaciones de familia, proyectos de toda índole…

Y aquí vengo yo a darme una colleja personalmente, a decirme que basta ya de confiar en que “lo que tenga que ser, será”. Tengo cuarenta años, los suficientes para haber hecho bastantes experimentos basados en esconder mis méritos y en no reclamar ninguna ventaja esperando que la verdad aflore por sí sola. A día de hoy ninguno de mis proyectos ha triunfado. He constatado que con una postura de humildad y discreción nadie ha venido a preguntarme nada. Siempre he odiado el mundo de las ventas, porque lo asociaba a mentiras. Pero ¿cuál es la verdad?, la única que conozco hasta ahora es que mi verdad, sea o no verdad para los demás, está enterrada en una caja fuerte de la que nadie tiene ni curiosidad por averiguar la contraseña, ya que ese secreto no anuncia ninguna sorpresa. Nadie ve nada en mí porque nadie espera nada de mí. Si sigo así, esperando y viendo que no pasa nada, hasta yo misma me convenceré de que ya nunca podrá haber nada.

Eso sí, ahora que entiendo que quiero pasar a la acción, tengo que hacerlo desde ya mismo y de una forma constante. ¿Qué voy a hacer? Me voy a vender y ver en cada una de esas parcelas que ahora mismo se hallan en barbecho qué tipo de semillas pueden brotar, y lo más emocionante, ver si seré capaz de recoger frutos donde antes nunca ha florecido nada.


Monte Qingcheng , Chengdu

Ahora y para siempre dejo de creer en la justicia divina. No basta con creer que me lo merezco, debo convencer a otros de ello. Hoy empiezo una actividad desenfrenada y no paro hasta que no saboree el fruto de uno de mis huertos. Probaré todo tipo de técnicas siempre y cuando no sean deshonrosas, ya sea una ligera falta de modestia, una sutil invasión del tiempo del otro, una clara exigencia de atención… Tal vez aprenda que este esfuerzo no merecía la pena y vuelva a mi rincón, a la tranquilidad de dentro de mi caja fuerte; o tal vez descubra que por haberlo intentado me gané el cumplir mi sueño, ¡y ahí sí que podré afirmar que fue merecidamente!

Seguro que no voy a arrepentirme de haber sido como ésos que son criticados por ser demasiado idealistas, pesados e inconformistas, impacientes, egocéntricos, escandalosos y según intentamos convencernos como buenos observadores externos, “injustamente triunfadores”.

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