Vida práctica

No soy especialista, por eso soy especial

A veces, al menos a mí me ha pasado, aunque pocas, uno puede sentir un momento de máxima consciencia en el que sus actos o circunstancias le parecen comprensibles desde una óptica mayor. En ese momento uno se siente extraído de su entorno ordinario y le es regalada, tan solo por unos instantes, la posibilidad de contrastar sus creencias habituales con una especie de visión objetiva, brindando así la posibilidad de cuestionarlas y encauzarlas con una impresión de total claridad.

Desde un punto de vista existencialista, esto podría ser esa trágica toma de consciencia en que te das cuenta de que todo carece de sentido, que el mundo no es más que un teatro de títeres y que cualquier cosa que hagas no es más que el impulso intrascendente de una marioneta patética, que eres tú, manipulada por los hilos de una sociedad decadente.

Si la toma de consciencia te pilla en un momento más optimista, puede que la aproveches haciendo acopio de fuerzas para emprender un cambio positivo en tus acciones, o incluso en tu forma de pensar y ver la vida.

En cualquier caso, una toma de consciencia debería ser aprovechada para crecer, para transformarla en conciencia, en voluntad de hacer las cosas bien, y no para hundirse en la depresión. Al menos nos ayudará el aceptar que nunca podremos abarcar un entendimiento total de la realidad que nos rodea, así que cualquier evaluación que hagamos de nuestro estado actual seguirá siendo parcial y con suerte temporal, hasta que un nuevo momento de clarividencia venga a advertirnos de que no debemos tomar nada por sentado.

Por ejemplo, imaginemos que yo quiero abrirme paso a un medio por el que me siento atraída, creo que puedo aportar nuevas y fructíferas ideas, pero nada más empiezo a investigar en la forma de adentrarme, descubro que no conozco ni una milésima parte de lo que ahí dentro se cuece. Esta toma de consciencia me hace dar un paso atrás, y ecos de que no merezco entrar en esa esfera intentan boicotear toda acción de mi ingenuo deseo inicial. Es un hecho, no conozco los entresijos de ese submundo, y es casi seguro, las personas que pertenecen a él, por mi falta de conocimiento, me van a rechazar la entrada, no me van a reconocer como una de los suyos.

Pero, ¿por qué mi situación ha de ser desventajosa? Igual es todo lo contrario. Igual nuestro cometido más ambicioso sería llegar a tomar consciencia de una realidad que está por encima de todas esas parcelas separadas, un mundo que abraza todas las pequeñas parcelas del saber. Quizás entrar y asentarse en una de esas parcelas lo único que hace es acotar la capacidad de percepción de los que ahí dentro se encuentran. Y cuanto más expertos y más imbuidos estén en esa esfera, menos posibilidades tendrán de recibir el regalo de una toma de consciencia general, desvinculada de toda tendencia, una toma de consciencia pura, con todos los peligros que ello conlleva, es decir, saberse que no eres nada, o todo lo contrario, entender que puedes serlo todo. Y en este ejemplo concreto, entender cuál es mi desventaja puede impulsarme a imaginar qué medios pueden otorgarme un pase VIP a esa esfera blindada.


Castillo de Dunrobin, Escocia

Hoy en día se valora mucho la especialización, es decir, instruirse a fondo en un saber destinado a ser aplicado en una actividad concreta. Esto es muy práctico desde un punto de vista laboral para aquellos que quieren asegurarse un puesto específico en áreas técnicas y científicas. En áreas intelectuales, y aún más en las artísticas, registrarse dentro de un sistema específico puede reducir las posibilidades de expansión de una mente que aspira a la trascendencia.

Para desmontar la tan aclamada ventaja laboral del conocimiento técnico, debo añadir que aunque parece que las humanidades están reñidas con las garantías de trabajo, no hay que descartar que la evolución humana está ligada a la tecnología y a la filosofía por igual, y que todos buscamos la seguridad en nuestras vidas en la medida en que queremos que éstas sean felices y plenas, y eso es una cuestión puramente ideológica.

Pero volviendo a mi teoría en defensa de las personas no especializadas, yo creo que sin embargo sí se las puede clasificar como especiales, tenemos una apreciación de las cosas general, y lo general es universal, me atrevo a decir que las personas que carecemos de especialización somos más aptos para poder abrirnos a un conocimiento que, si se me permite la osadía, es superior, pues permite divisar por encima todas esas áreas acotadas que encierran saberes muy concretos, y por momentos nos azota la inevitable toma de consciencia de que no sabemos nada, de que todo lo que nos rodea es cuestionable y de que de todo podemos sacar un infinito de información nueva y valiosa que estamos abiertos descubrir.

La falta de especialización destruye la presunción de tenerlo todo bajo control y nos muestra tal y como somos: unos ignorantes aventajados, que tratamos de entender este vasto mundo en que vivimos.  

Chismilín

Un comentario sobre “No soy especialista, por eso soy especial

  1. Cuanto más leemos, estudiamos, investigamos, etc., más conscientes somos de no saber nada, de hacernos preguntas que no tienen contestación, de cuestionarnos casi todo. Me dan mucha envidia esas personas mayores, casi todas del mundo rural, que en su ignorancia, porque no han tenido medios, son felices y, sobre todo, muy sabios.

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